Texto publicado en la Pista Cultural 29
¿Qué elementos caracterizan a la escritura contemporánea? ¿En qué consistió la originalidad de la novela hispanoamericana durante la década de 1960? ¿Qué tienen en común escritores tan diversos como el novelista Gabriel García Márquez, el crítico Omar Calabrese y el etnógrafo Marc Augé?
¿Qué elementos caracterizan a la escritura contemporánea? ¿En qué consistió la originalidad de la novela hispanoamericana durante la década de 1960? ¿Qué tienen en común escritores tan diversos como el novelista Gabriel García Márquez, el crítico Omar Calabrese y el etnógrafo Marc Augé?
La narrativa contemporánea es, sin duda, una forma de escritura paradójica. Esto es así por su naturaleza metaficcional (se trata de una escritura sobre los problemas de la misma escritura) y a la vez historiográfica (su tema central es la historia colectiva, preocupación ausente de las grandes vanguardias de entreguerras).
Como toda escritura paradójica, esta forma de narrativa integra lo que antes parecía irreconciliable: el juego con el lenguaje y sus convenciones (propio de la experimentación formalista) y la preocupación por el poder, el tiempo colectivo y los problemas éticos de la vida cotidiana.
Al generar sus propias convenciones, estos narradores han inventado también a su precursor común: el escritor argentino Jorge Luis Borges. Su importancia es tan evidente para los especialistas en la materia, que se ha llegado a afirmar que toda la narrativa contemporánea (incluyendo también la europea, la norteamericana y la japonesa) es una elaborada derivación parcial de su escritura.
Esta escritura, familiar para muchos, tiene un nombre: posmoderna. Y sin embargo, este término parece producir aún cierto escozor entre nosotros. Así, por ejemplo, la aguda xenofobia que caracteriza a quienes se sienten protegidos detrás de la cortina de Nopal impide que en México nadie se atreva a utilizar este término para hablar de nuestros escritores.
Nos encontramos ante un caso similar al de Mr. Jourdain, sólo que al revés. Recordará el lector a aquel personaje de El burgués gentilhombre de Moliere, que se sintió afortunado al saber que toda su vida había hablado… ¡en prosa! Pues bien, Mr. Jourdain hablaba en prosa, lo supiera o no. Y los escritores contemporáneos, precisamente aquellos que emplean un lenguaje fresco y cuya preocupación central es la preservación de nuestra identidad colectiva y la diversidad en el ámbito cultural, tienen notables coincidencias con escritores provenientes de tradiciones muy distantes.
Ya que el término "posmodernidad" es irritante para algunos, podría hablarse de escritura "neobarroca", o simplemente de escritura contemporánea. Pero lo importante es que se trata de una producción cultural surgida precisamente a partir de nuestra historia regional.
Escritores como Fernando del Paso, Luis Rafael Sánchez, Augusto Roa Bastos, Severo Sarduy y Carlos Fuentes, entre muchos otros, son autores de textos fronterizos en más de un sentido.
Las similitudes (y diferencias) con otros escritores contemporáneos saltan a la vista. Podemos recordar la obra casi etnográfica de V. S. Naipaul, los irónicos recuentos de Nigel Barley y Paul Théroux, y las polémicas novelas del paradigmático Salman Rushdie, o bien la obra de los escritores anglosajones más jóvenes, que han elegido escribir desde un exilio voluntario.
Estos últimos practican diversas formas de la autoparodia, la ironía y la "fractalidad", como una especie de mosaico de diversas tradiciones lingüísticas, culturales e incluso religiosas. Todos ellos se nutren del humor de Laurence Sterne, o bien han heredado los espejos laberínticos de Flann O'Brien, los juegos gramaticales de Raymond Queneau y la lucidez compasiva de Julian Barnes. Tan sólo basta pensar en las novelas de Timothy Bo, Ben Okri, Bruce Chatwin y Clive Sinclair para comprobar cómo esta nueva tendencia de la escritura se ha generalizado más allá de nuestras fronteras.
En estos escritores es posible reconocer la presencia de coincidencias notables con la escritura de algunos especialistas en las ciencias sociales: comunicólogos, sociólogos, etnógrafos y psicoanalistas.
Así, por ejemplo, los historiadores están cambiando la historia en diversos espacios. En Francia, Robert Darnton, Michel de Certeau y Fernand Braudel, y en México el michoacano Luis González tienen en común la pasión por narrarlo todo a escala humana, en sus detalles significativos, en el plano de la llamada "microhistoria": la historia de la vida cotidiana.
Por otra parte, en el campo del psicoanálisis, la escritura lacaniana es una forma de escritura neobarroca, críptica y conceptualmente densa, en la que se incorporan elementos de la mitología clásica, la cibernética y la ortodoxia freudiana, en un discurso auto-referente y deliberadamente esquivo. Es una escritura cuya narrativa está en permanente deseo de análisis.
En otros campos ocurren formas da narrativización similares. Comunicólogos cuya escritura es metafórica (como Jean Baudrillard o Avital Ronnell), psicólogos que narran las paradojas de las relaciones interpersonales (como Paul Watzlawick o Maria Selvini Palazzoli) y sociólogos que reconocen el valor de la metáfora, la ironía y los juegos con el punto de vista gramatical (como Richard Harvey Brown o, en contextos muy distintos, Charles Wright Mills y Pierre Bourdieu). Para todos ellos, la escritura es una forma de etnografía; es la mejor estrategia de aproximación al otro; es la forma idónea para establecer un diálogo entre distintos sujetos, culturas y discursos. Es, en síntesis, una estrategia de objetivación de la propia identidad.
Por todo ello, la etnografía ocupa un lugar privilegiado en la escritura contemporánea. No sólo el recuento irónico de la experiencia de campo de Nigel Barley, las poéticas memorias de Mary Catherine Bateson y las reflexiones de Clifford Geertz acerca de las estrategias de verosimilitud de los grandes relatos etnográficos, sino también las formas contemporáneas de la etnoliteratura: la novelización de la experiencia de campo y la incorporación de reflexiones acerca de "lo indecible" a través del relato de los ritos cotidianos y los sistemas simbólicos que los sustentan.
Las características comunes a todas estas formas de la escritura podrían resumirse en tres grandes rasgos:
a) Una auto-referencialidad que hace explícito (y por ello permite cuestionar más fácilmente) el contexto de referencia del propio texto;
b) Una disolución de las fronteras entre diversos géneros de la escritura, muy especialmente al confundirse la distinción tradicional entre ficción e historia, entre literatura y ciencia, y entre creación y crítica, y
c) Una interdisciplinariedad (en las ciencias sociales) y una interdiscursividad (en los textos literarios) acompañadas de la tendencia (de las ciencias sociales) a la narrativización de su discurso, y la tendencia (de la literatura) a incorporar reflexiones historiográficas de caracter marcadamente irónico en el interior de sus relatos.
Ante un panorama tan desconcertante, podría concluir estas observaciones señalando que el futuro de la escritura depende no solamente de la imaginación de sus lectores, sino también de su capacidad para reconocer que la escritura puede ser algo más que un pre-texto para jugar con las posibilidades de sus propios compromisos.
He aquí un ejemplo: "Tantos poetas, tantos teóricos se ocupan de la imaginación de Borges, que la imaginación de Borges
ha ocupado el mundo". Cf. Lisa Block de Behar: Al margen de Borges. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1987, 13.
Gonzalo Celorio: "Aproximación a la literatura noebarroca", en La épica sordina.
México, Cal y Arena, 1990, 161-169.
Hernán Lara Zavala: "Los hijos del Imperio", en Nexos núm. 156, diciembre 1990, 77-80.






